Literatura y pasión

Escribir. ¡Somos tantos los que lo hacemos mal!. ¿Donde se esconde el genio, la sensibilidad, que hace del escritor un ser único y definitivo, poderoso como Ulises ?. Dentro de mí no creo que se encuentre. Entra tanto, me entretengo escribiendo para mí.

Tuesday, October 10, 2006

Casimiro Entrambasaguas es bajito y grueso y se afeita raramente, salvo para ir los domingos a misa porque cree que para asistir a la casa de Dios hay que ir aseado, especialmente de mejillas. A Casimiro le gusta mucho el ajo y siempre que puede, que es muy a menudo, lo pela despacio y lo unta en una rebanada de pan aceitoso; luego contempla el resultado y, parsimonioso, se lo zampa mientras canturrea; esos momentos, los que dedica a manducar con todos los carrillos de su cara, lustrosa y redonda, son los más felices de la vida de Casimiro.

Casimiro es de cómodo trato y hasta cortés a su manera, sonríe fácil, de balde, como quien ha decidido ser feliz antes de nacer. Tampoco es que nadie le afrente en exceso porque Casimiro es jovial de natural y no hay quien lo malquiera. Como además el hombre no es despierto de luces, pero no tan tonto como para no saber que es corto de ententederas, tampoco percibe a las claras las ironías sutiles de los pocos burladores que le zahieren, aunque las presienta por el tono o la actitud de quien las dice.

A Casimiro le gusta mucho echar la siesta solo, donde le pille, sin avisar.

Doña Concha De la Torre es muy pía, pero tiene espanto a las comidas aromáticas, y repudia las fritangas y las especias. El ajo, sin ir más lejos, le horroriza y tiene para sí que debe ser invento del demonio porque nada que tenga ese olor puede ser obra del Altísimo. Su dieta se basa en el huevo cocido en agua, blandito, porque si esta pasado en exceso se le engatilla el esófago y pasa unos ratos horrorosos, que parece, talmente, que se va a ahogar. Doña Concha es muy delgada, en justa consonancia con lo que llama sus méritos nutricios porque dice que la frugalidad del alimento es virtud propia de personas estoicas. Doña Concha es además muy alta y cree ella que es esa una dignidad heredada del largo abolengo. A Doña Concha le gusta mucho ser estoica, aunque no sepa bien lo que significa el término, porque en su opinión es el que mejor le va, por ser palabra de bien, que no hay mas que oírla para percibirlo. Y es que ella le da mucha importancia a las palabras. Una vez que su sobrino Jacintito comentó muy serio que su tía, por ella, estaba completamente enjuta; enterada de forma casual, por dimes y diretes de terceros, del comentario de su sobrino, tuvo Doña Concha un disgusto enorme, porque no era enjuta una palabra que definiera debidamente a su persona, con aquella onomatopeya tan fea; en vista de ello, y tras consultarlo con nadie, decidió que el desconsiderado Jacintito quedaba excluido de la herencia que le tocara de su parte. A propósito de ello le dijo a D. Honorio, el notario, encargado de redactar el nuevo testamento:

- Total, Honorio, mejor así porque mira, este chico ha salido igual de memo que su difunto padre, que en la gloria de Dios esté y en el cielo de los tontos disfrute. Y de nada le iban a servir los cuartos que heredara a no ser para zarrapaestrearlos con alguna “gran hermana” de esas. Además - apostilló enseñando las encías descarnadas - mas enjuta que su vida es difícil encontrar.

D. Honorio, como era de talante conciliador por vocación, trato de apaciguar el desenlace, sabiendo además que el pobre Jacintito, bueno para la lectura y poco más, tenía como único mérito social el hecho de ser sobrino de Doña Concha De La Torre., hacendada de tierras y dineros, y respetada ciudadana. Tenía D. Honorio oído, además, que el bueno de Jacinto estaba haciendo aguas en la Caja de Ahorros donde trabajaba, más bien poco. Pues nada pudieron sus llamadas a la calma y el perdón. Doña Concha era una mujer de decisiones firmes y en nada mellaron las palabras de D. Honorio su férrea decisión. En vano trató, más tarde, el propio Jacintito, alertado por la hija de Don Horacio, de justificar sus palabras, escribiendo a su tía misivas, en papel del mejor y con las mejores perlas literarias copiadas de aquí y de allá, en las que explicaba que no es enjuto término despectivo, sino forma literaria cultísima de llamar a la persona delgada, y que era gracia de Dios, y del estoicismo puro, esa virtud que la adornaba. Nada. Nada de nada. Como quien oye llover.

No tuvo suerte el pobre Jacinto, aunque de ello sacó, como les sucede a los creadores que destilan del dolor su mejor inspiración, una desesperanza cósmica que le llevó a escribir una colección de versos atormentados, bellísimos los veía él, con destinatarias varias, unas más feas que otras.

Casimiro y Doñá Concha De La Torre tienen relaciones de trabajo, en el sentido de que Doña Concha manda y Casimiro cumple con lo mandado de buen talante y con tino razonable. Dice Doña Concha que Casimiro no es más bruto porque no puede, y lo tiene oído el empleado, que conste, pero no resulta herido su orgullo, y además lo toma a chirigota, sin que se le note, porque a ver ¿es bruto quien termina lo empezado? ¿eh?, pues eso. ¿Y no es bruta la que no sabe disfrutar de los millones? ¿eh?, pues eso. A pesar de estos infrecuentes dichos, raramente cruzados entre uno y otro, se tienen ambos aprecio distante, como Dios manda en tales relaciones entre hacendada y propio.

D. Honorio el notario, único del pueblo, pálido de natural, tiene una hija que va a depilarse el bigote con rayos láser. Se llama Mariana, es muy morena, y dejó los estudios, al cumplir los diez y seis, porque le daban pena. Su padre, siempre tan estudioso desde chico, no entendía la relación entre los libros y la pena. Y su madre la exhortaba a ser independiente como las chicas de ahora, haciendo una buena carrera, aunque fuese farmacia. Máxime, argumentaban, cuando ella era chica estudiosa y merecedora de buenas notas, pero la chica insistía, a los requerimientos de sus padres, en que estudiar la entristecía muchísimo. Y erre que erre que lo dejaba. Y lo dejó. Fue cuando decidió depilarse por partes. Por lo hirsuta que era, calculaba su padre, aquello le iba a costar sus euros. Y a Dios gracias que la médico nueva que ampliaba su desgraciado sueldo del seguro con el invento del láser de pago, era pariente lejana, prima segunda, y les cobraba por debajo de minuta. Y no es que Honorio no ganara sus buenos euros, a diferencia de la licenciada médica, pero es que estaba convencido de que para hacerse adinerado, una meta colosal para una vida como la suya, tan importante era ganar como no gastar, y tenía para sí que los expendios superfluos había que aliviarlos cuanto más mejor. Y nada más superfluo que unos pelillos.

Mariana, en justa compensación por la advertencia que le hizo a Jacinto de la ira de su tía, recibió con pasión intensa los versos que éste le escribió, y le mando por mail. Eran éstos unos poemas que decían así:

Las flores de mayo florido
Tienen envidia rabiosa
De que tu pelo bonito
Te haga la más graciosa

En realidad Jacinto tenía escritos, en su opinión, algunos versos mejores que estos que envío a Mariana, pero los usaba para cortejar a muchachas que el encontraba más espirituales, por no conocerlas en lo personal. Y es que Jacintito era de natural enamoradisco, y no sentía que engañaba a unas cortejando a otras, casi siempre por el ciberespacio, sino que veía natural que una pasión como la suya se derramara como versos en un poemario. Se confundía, eso si, chateando con unas y con otras, porque finalmente no sabía exactamente quien era quien, y a cual de sus cortejadas había enviado por mail este o aquel verso, en la confusión que resulta de mantener charlas paralelas y cruzadas con decenas de personas, presumiblemente mujeres. Y es que Jacintito, cuando se colocaba al teclado, iluminado por una pantalla mágica, y mientras chateaba se hacía gigante y bello a sus propios ojos, como un capital bravío y cansado de la vida de doncel aburrido de triunfar. Jacintito, además de poeta, y bancario apocado, es adicto al chat, y lo disfruta con intensa emoción. Como además siente una atracción fatal por las mujeres que le atienden y con las que conecta en el ciberespacio, y le gusta rodearlas de auras espirituosísimas y hacerlas sensibles y bellas en su imaginación, las ennoblece en su imagen. Hasta que las conoce por foto o en lo personal, y entonces se le pasa el interés por ellas, desvestidas como quedan de la magia de lo desconocido.

Doña Concha de La Torre no entiende de ordenadores, y tiene para si que algo llevan de pecado, aunque en el fondo reconozca que le es una magia vedada. Un terreno donde personas que ella desprecia caminan con seguridad que le parece impropia de sus capacidades. Aún así una chispita de envidia le queda, de comprender esa luz de la pantalla que cambia una y otra vez, que sorprende con sus cambios, pero sabe taparla con dosis mayúsculas de menosprecio. Y es que Doña Concha sabe convencerse a si misma de lo que le viene en gana. Y se lo cree todo, si es ella quien lo asevera.

Doña Concha está segura de que ella no ha eructado nunca. Un día le pregunto a un confesor de su parroquia, el más viejo de los sacerdotes, si ello era signo de virtud particular, habida cuenta de que Casimiro, tan sencillamente vulgar, eructaba de forma tal que se le podía oír desde la distancia, y eso a pesar de las admoniciones de Doña Concha que le tenía prohibidísimo hacerlo en la hacienda. Y pensaba Doña Concha que su frugalidad corporal era una bendición santa. Nunca, eso si, consideraba al respecto, el resultado de otras exportaciones, relacionadas estas con el tubo digestivo bajo, y para mayor garantía de su secreto había mandado colocar dos puertas en el excusado para evitar que el servicio se percatase del intenso olor que acompañaba a sus liberaciones menos espirituosas. Y es que Doña Concha tenía un defecar temible, y había veces que ella misma tomaba aire antes de iniciar su alivio, procurando acabar antes de inhalar aquello porque, se percibía claro, que no estaba bueno. Y como el problema era crónico decidió que su virtud digestiva estaba de ombligo para arriba.

Una vez Casimiro estuvo en el cine viento una película en la que una mujer podía atravesar las paredes como si tal, sin estropearse nada, sin despeinarse siquiera; de la trama no entendió mucho, porque era un meollo muy difícil, pero le quedo bien claro que aquella señora, altísima, entraba y salía de las habitaciones por donde se le antojaba, sin usar las puertas. Al día siguiente, Casimiro, vio como Doña Concha se acercaba al cobertizo de las plantas y entraba en él, sin género de dudas. Y como más tarde necesitara unos aperos de jardinería que allí guardaba y se acercó a tomarlos, viendo que la Señora no estaba dentro y no habiéndola visto salir, seguro estaba de ello, meditó que quizás, Doña Concha, por lo delgada y transparente que era, hubiera podido abandonar el lugar atravesando alguna de las paredes del cobertizo, probablemente la de atrás, lo que justificaría su inexplicable desaparición. Consideró Casimiro que Doña Concha era por lo menos tan alta como la mujer de la película. Más tarde, no obstante, calmado de la sorpresa, consideró que quizás se le hubiera escapado verla salir por lo natural, aunque una duda se le quedo, mal que bien. Y es que Casimiro se creía muy de verdad las cosas que veía, pasmado, en las películas y no entendía de efectos especiales.

Don Cosme Araujo se apellido de segundo Martinez, y como no le gusta como suena, por parecerle corriente, se ha cambiado el sobrenombre y dice llamarse D. Cosme de Araujo y Martinez. Es esta licencia su única coquetería social porque por lo demás Don Cosme es la mar de natural. Es farmacéutico de profesión y tiene en la cuesta de la plaza del mercado una botica con rebotica que es la envidia de los farmacéuticos de la capital que la visitan, porque la ven apacible y les da serenidad verla, que hay que ver el ajetreo que tenemos en la capital, Cosme. El establecimiento es antiguo, y así lo conserva Don Cosme, que lo heredó de su padre, y este de su abuelo, ambos en mejor vida ya, especialmente su abuelo que sufrió mucho el pobre cuando vivía por culpa de una gota crónica y de su mujer, que le dio muy mala vida por lo casquivana y jacarandosa que era. A la postre, se fugó a lo antiguo con un cabo de guardia civil de bigote generoso y bajo vientre prodigioso, al decir de algunas afortunadas que lo conocieron en tales lances y que lo pregonaron a los cuatro vientos, divertidas del desenlace.

En los tiempos iniciales tuvo la tienda dos puertas, una para uso de los clientes que gastaban en droguería y la otra para entrada en la farmacia propiamente dicha, y cada puerta daba a una estancia independiente, aunque adyacente; ambos recintos estaban, eso sí, abiertos tras el mostrador, por sendas puertecillas, a una trastienda común, una rebotica acogedora, templada en invierno y fresca en verano, donde olía a alquimia aromática, y en la que destacaba una mesa de roble central de tablero muy grueso rodeada de sillas de asiento de cuero comodísimas. Don Cosme ha dejado ambas puertas como fueron hechas, conservando además su rótulo original, “Droguería” y “Farmacia”, pero hizo derribar la pared que la separaba y ahora el mostrador es corrido, y lo mismo se dispensa Augmentine, en sobres o comprimidos, que colonia a granel “botón de oro”, y aun coloretes de Ausonía, aunque tiene, eso sí, una manceba de poco estudio y cadera generosa para la droguería y una farmaceútica de carrera, risueña y parlanchina, para mejor servir a la clientela, variadísima. La farmacia de Don Cosme tiene las estanterías de madera originales, limpias como los chorros del oro, que ocupan, de arriba abajo, las paredes del local, y en ellas conserva recipientes de porcelana antiguos, cada uno señalado con el nombre de alguna planta medicinal. Y queda todo muy bonito, con sabor clásico y bien conservado, que parece talmente un museo. Los medicamentos y otros productos más corrientes se almacenan en una parte de la rebotica que por ser enorme daba para eso sobradamente, conservando además una parte de la trastienda para su uso social. Y es que, en la rebotica de Don Cosme aun se juntan a hablar, de ciento en viento, Don Honorio, Don Jacinto, que es concejal de cultura del ayuntamiento, y Don Cosme, y otros menos fijos, como Don Olegario el de la Caja de Ahorros , y Don Miguel sin destino ni ocupación fija pero de cultura extensa y chiste fácil. Don Miguel tiene un grano en la nariz, central y colorado, que cuida con esmero, y nunca permite que los consejos de terceros en favor de quitárselo, o aun aliviárselo, le hagan mella. A Don Miguel le parece que esa protuberancia que luce, como un semáforo facial, es su grano de la suerte, y bien esta lo que esta bien.

Cuando vivía Don Fernando, el médico, las reuniones eran mas frecuentes, y los contertulios se animaban más a reunirse pero desde que murió el galeno, un hombre muy piadoso y sencillo, se ha comprobado que su capacidad de aglutinación era motivo de encuentro. Además, para los dichos no había otro igual y lo mismo te hablaba de política que de religión, y eso sin faltar a nadie y a todos considerando. La sustituta de Don Fernando es una médico que se llama Doctora Fernández, y se mire como se mire no es lo mismo, porque está a lo que está, a su Láser y al seguro, y vive para trabajar. Además es mujer y no pegaría en una tertulia de rebotica llena de veteranos otoñales, argumentan los otros cuando Don Miguel esboza la posibilidad de invitarla a la tertulia. A Don Miguel, la Doctora Fernandez - Marisita le llama él – le cae muy bien y la encuentra muy atractiva.

La Doctora Fernandez hubiera declinado la invitación caso de producirse y como eso flotaba en el aire, y a nadie le gustan los portazos, pues es casi mejor argumentar que no parece adecuado invitarla, piensa Don Cosme. Y es que a la Doctora le gustan otras cosas y sus intereses van por otros derroteros. Marisita, como dice Don Miguel muy enterado, cuando acaba su consulta va al gimnasio a hacer Pilates, una gimnasia nueva muy buena, según se ha informado. No sabe Don Miguel que lo que le mueve a Marisita a acudir al gimnasio no es la máxima latina “Mens sana in corpore sano”, sino tratar de detener el progreso de unas incipientes cartucheras que se vio, a ambos lados de sus caderas, cuando desnuda se miró despacio en el espejo, hace poco- Y es que la Doctora Fernandez tiene un novio en puertas y no esta, por edad, el horno para bollos, considera cuando lo medita. Así que unos pilates no le vendrán nada mal, argumenta para sí.

El hermano de la Dra Fernandez se llama Paco, bueno Francisco, y es un chico alegre que trabaja en una editorial muy buena de Valencia. Estudió Filosofía y Letras, destacando por su buen cumplir, y cuando parecía que su licenciatura solo le iba a servir para trabajar en un -Burguer King- de encargado, le salió “in extremis” lo de la editorial, gracias a la madre de Loles, su novia, que es una mujer de muchos conocimientos entre la gente. Además es la mar de atractiva, que el mismo Paco, aunque no este bien pensarlo en un futuro yerno, bien considerado que lo tiene. Y es que Rosa, la madre de la Loles, viendo que la hija se ennoviaba con aquel chaval de oscuro futuro profesional, decidió que ese muerto no lo enterraba ella, y tiró de aquí y de allá, más bien de allá. Y es que “allá” era un amante con el que Rosa se encamaba de cuando en cuando, a petición de él o de ella, según la fiebre de cada uno, muy cariñosón él, y morboso por lo bueno, y que, a la sazón, dirigía una editorial. Le pidió Rosa a su apasionado, recién disipados los efluvios del amor y aun sudorosos los cuerpos desnudos, piel con piel, que colocara al chico a prueba, y consintió él, mientras ella sujetaba la mano del amante en su pecho desnudo y generoso para que se notara de donde le salía aquella petición tan sentida. Y así, el editorialista metido a amante aceptó contratarlo por seis meses, a prueba, y luego ya veremos, añadió alejando su mano del busto espléndido para apuntalar que allí paz y después gloria, y que tocaba cambiar de tercios, y que acababan de mezclar tetas y carretas.

Loles esta feliz del desenlace, porque esta enamoradísima de Paco y en prueba de ello está decidida a tatuarse su nombre en la parte alta del pubis, o en el tobillo por atrás, eso todavía no lo tiene claro porque lo del pubis tiene que doler un mogollón :
- “anda que no es cuco ni nada!”-, dice para sí
El padre de Loles también esta encantado de ver contenta a su hija, y porque admira la capacidad de su mujer para encontrar, ¡con el paro que hay!, un trabajo tan prometedor para el novio de la chica. Y es que su mujer vale un valer,:
- que no es que lo diga yo que a cualquiera que le pregunten lo va a confirmar, pues buena es ella! –
Y bendice el día que se caso con esa mujer tan capaz; y es que es una joya a la que no se le puede sacar más defecto, medita para sí, que una cierta frialdad en la cama, y eso que de cuerpo es espléndida pero mira tu lo que son las cosas, con lo prometedor que tiene el cuerpo, que no hay más que mirarla para alegrarte la vista, que a ella el sexo ni fu ni fa!.
- Pero a ver - se dice muy serio- no se puede tener todo. Y además cocina con amor, que eso se le nota en los guisos divinos que hace. Y el amor cuando se nota, se nota.

Mario Aguinagalde es un chico de Vitoria de muy buena familia que acabó el bachiller con notas excelentes; No le dieron el premio de honor al mejor de su clase porque ahora con la de chicas que inundan las aulas no hay manera. Siempre meten más horas, aplicadísimas ellas - que parece que no hacen otra cosa, tío, y al final te joden, van las pavas y te joden - meditaba Mario arrabiado. Mario es un chico alto y guapísimo, que lo dice todo el mundo que le conoce, y además es muy varonil, que parece que te mira y te unta de algo de lo serio que te coloca los ojos. La misma Luisa, que fue quien ganó el premio a la mejor alumna del curso, hubiera roto el diploma en pedacitos a cambio de que Mario la cortejase …- si Mario…en fin, para que darle vueltas, total, ni me mira! ¡quien coño te va a mirar gorda? ¿Es que no te ves o que? -. Luisa no se gusta nada de nada. Mario, el guapo, cree que Luisa solo existe como competencia escolar, y no ve a ninguna mujer dentro de ella. Y le parece increíble que alguien como él, así de perfecto, tenga que competir con semejante bolita de carne. Claro, Luisa es bajita, esta rellenita, con tintes de obesidad, y no tiene ninguna gracia vistiendo o hablando, cualquiera puede verlo. Luisa no es ocurrente, y no sabe decir las cosas; cuando expresa algo lo hace más enciclopédica que coloquialmente. Lo hace sin querer, pero le sale.
Luisa hace ver como que Mario no le importa. Pero si le importa. Mierda. Si le importa. Y si se ríe con esa boca de algodones y fresa que tiene, Luisa, de reojo, se pone enferma de no poder. De desear y no poder. Luisa se odia el cuerpo. Y estudia más por rabia que por afición. Luisa no se gusta nada de nada.
Mario, además de guapo es hábil con las relaciones, y no habla mal de Luisa aunque la malquiera, e incluso a veces la saluda afable, como quien no se siente molesto, como quien es un camarada leal. Pero le daría un soplamocos a esa mema bien a gusto. Luisa, confundida, tardara años en dejar de sobarse, a solas, pensando en Mario.

Ahora Mario estudia en Madrid una carrera de mucho futuro que se llama Gerencia y Dirección de Empresas, que se estudia a medias en Inglés y en Español, y que la imparten los profesores más sesudos, en esas materias, de Madrid. No se puede decir que se encuentre entre los más brillantes alumnos de su clase, porque el nivel medio es altísimo y allí el más tonto hace integrales con la izquierda mientras mea con la derecha, pero defiende sus aprobados con uñas y dientes y mal que bien pasa rozando el larguero del aprobado, que no es poco:
- Palabra, tíos, aquello es la hostia -, les cuenta a sus amigos vitorianos cuando vuelve a casa de vacaciones.

Mario nota que sus camaradas alaveses se le están quedando clavados, como de pueblo. Sobre todo Koldo que para más inri está haciendo la carrera en el zulú ese que hablan los aldeanos de caserío, los hijos de los maquetos reconvertidos, y los enchufados del Batzoki. ¿Has visto?, argumenta con Carlos, con quien tiene amistad más íntima, que son casi hermanos - si hasta pelo de palurdo se le está quedando, ¡Joder tio! Ese en Madrid no pilla ni de coña! Solo le falta comprarse una chalaparta, txalapaaaaarrrrtaaaaa, y darle al tronco- y se ríe, encantado de su ocurrencia, con la boca abierta de par en par, que hay que ver lo bien que tiene los dientes, de blancos y alineados- Para un a anuncio de lo que sea, en plan bien, la de Mario es una boca perfecta.
Carlos Ruiz y Mario Aguinagalde son íntimos desde pequeños, y las familias muy bien avenidas. Tienen una confianza que es exclusiva y de la que el resto de los amigos estan excluidos. Carlos tiene una simpatía natural que compite con la natural belleza de Mario, y rivalizan amistosamente en conquistar chicas, cada uno con sus encantos, pero la verdad es que hacen estragos entre las mejores chicas de Vitoria. Los demás amigos son menos amigos, o sea que son camaradas pero la confianza que los une es menos profunda, y más de aquí te veo aquí te trato. A Koldo le conocieron en el colegio y le tratan bastante, pero siempre le han hecho notar que es amigo de segunda, de repuesto. Y es que Koldo carece de virtudes que le hagan especial. Es muy corriente. Y se le nota. Y más de una vez les ha jodido un plan, por bocazas.
Koldo nota que su amigo, desde que estudia en Madrid, se muestra particularmente distante con él, pero como se está metiendo mucho en lo de las txosnas y ya le tienen dicho que no sea españolazo si quiere hacer carrera con ellos, pues le parece que la distancia que Mario le impone le permite establecer otra simétrica, en justa compensación. El preferiría que Mario y Carlos le dejaran entrar en ese circulo misterioso e íntimo que comparten. Ser uno más de ellos, pero ve que eso no sucede, ni sucederá.

……

1 Comments:

  • At 11:12 AM , Anonymous Anonymous said...

    probando comentarios, 1, 2, 1,2

     

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