Literatura y pasión

Escribir. ¡Somos tantos los que lo hacemos mal!. ¿Donde se esconde el genio, la sensibilidad, que hace del escritor un ser único y definitivo, poderoso como Ulises ?. Dentro de mí no creo que se encuentre. Entra tanto, me entretengo escribiendo para mí.

Wednesday, March 04, 2009

Una abuela

No era una mujer joven, ni siquiera madura, y cualquiera, hasta el menos fisonomista, podría decirlo. Era difícil, sin embargo, llamarla anciana, la miraras como la miraras; Quizás lo fuera, no digo que no, al menos si contásemos los años uno a uno, pero había algo en su actitud, una serenidad de paisaje en su expresión, que la hacía distinta, y a mi me gusta pensar en ella como en una mujer sin tiempo, sin edad. ¿Arrugas?, vaya que si las tenía! Pero parecía aradas por un peine de viento, una a una, como cuidando de ondularlas, de los sutiles que eran. Y luego estaba el tono; no era una tonalidad cualquiera, ¡que va!; tenía, su piel, la palidez rosada de esas manzanas que nunca parecen madurar del todo. Cuando alguien le preguntaba como hacía para conservar a sus años aquel cutis, en tono admirativo, ella explicaba que nada hacía en particular, salvo ponerse una pamela de ala generosa si debía estar al sol, y colocarse unas rodajas de pepino, cortadas muy finas, sobre los párpados cerrados y las mejillas expuestas, si por alguna razón debía tumbarse cara al sol, lo cual sucedía cuando realizaba en las mañanas ejercicios gimnásticos al aire libre, si el buen tiempo lo permitía.

A mi lo que mas me gustaba, hasta quedarme embobado mirándoselo, era su pelo. A veces me descubría observándolo, o alargando mis manos para tocar aquel cabello blanco, cano y natural, tan bien ondulado, buscando escondites secretos en los que perder mis dedos. Ella, sonriendo afable, me dejaba mirar o hacer con mis manitas aquellas prodigiosas exploraciones, hasta que, indefectiblemente, volvía su cara hacia mi, ya despeinada, y me besaba la piel del rostro más cercana. Y es que mi abuela me basaba en la frente, en los ojos, en la barbilla, en los labios y hasta en las orejas. Luego me decía que algún día, cuando fuera hombre grande, como los hombres de los cuentos que ella inventaba para mi, siempre fuertes y hermosos, siempre valientes y dignos, tendría una esposa de pelo hermosísimo y tan largo, tan largo, que podría taparme con él en invierno, como si fuese una manta caliente. Aunque la idea me subyugaba, aun lo hace, yo contestaba que nunca me casaría con una mujer porque jamás ninguna persona podría separarme de ella, tan irreal me parecía aquella hipótesis. Además me molestaba que ella pensara que yo podría querer a otra mujer como para dejar que me llevara lejos de ella y no podía entender porqué no me tomaba en serio cuando le explicaba, sensato y digno, que nadie nos separaría nunca, por muy largo que tuviera el pelo. Y menos una mujer. Ni aunque fuera muy guapa. Admitía, todo lo más, que si una mujer tan guapa como la artista morena que había en aquel cartel que anunciaba una sesión matinal de cine, ¿sabes cual digo abuela? y que me miraba con unos ojos que casi me dolían, fuera mi mujer, tendría que vivir con nosotros dos en aquella casa, y además tendría que aceptar que cuco, el mejor perro del mundo, dormiría conmigo.

Nunca nadie entendió que mi abuela y yo nos besáramos, a veces, en los labios. Así que lo hacíamos cuando nadie nos veía. Y si alguien piensa en ello de forma obscena le maldigo. Mi abuela era una mujer santa, y tan pura como los carámbanos que colgaban de la ventana del internado que humilló mi segunda infancia, lejos ya del amor de brazos tibios que ella me entregó.

Y luego estaba su olor. Nadie podía oler como ella. Era su aroma, para mí, un bálsamo acogedor, y nunca, ni antes ni después de mi vida con ella, lo he vuelto a encontrarlo en nada, en nadie. Ella, que era aficionada a la alquimia, fabricaba su propia colonia como una sacerdotisa risueña, y siempre que se aprestaba a crearla, y mientras la hacía, cantaba canciones francesas. El resultado era una fragancia a castañas tan peculiar como ella. Si sería mágico aquel aroma suyo que cuando yo enfermaba, y la fiebre me atolondraba el pensamiento y me derrotaba el cuerpo, ella me daba su medicina especial; me dejaba acostarme en su cama, alta y dura, y dormir acurrucado junto a ella mientras me acariciaba, peinándome con sus dedos el cabello empapado, hasta que a su milagroso aroma me dormía.

Debería decir que ser huérfano es una desgracia inconmensurable. Eso les daría lástima a ustedes, circunstanciales lectores, y disculparían lo banal de mi historia. Pero no lo diré. Y no expresaré tal cosa porque mentiría. Ser huérfano desde que nací fue un destino que me resultó bastante ajeno. Nunca sentí el vacío alguno, ni pasé envidia de los padres y madres que otros niños tenían, y que casi siempre me parecían bastante mandones. Tampoco pasé apuros por que otros niños tenían cosas de las que yo carecía y que compran los padres a sus hijos con ocasión de cumpleaños o navidades. Notaba que aquellos regalos, de los que mis amigos se enorgullecían sin un motivo que yo comprendiera, les hacían gritar nerviosos, agitados, y transformaba a algunos de mis camaradas más queridos en chavales prepotentes y odiosos. Yo tenía los mejores cuentos del mundo, siempre inventados para mi solo, y que se gastaban cuando los oía, porque no valía repetir el mismo ¿eh abuela?. Yo tenía, para mi solito, la mejor fabuladora del mundo.

Recuerdo aquel día maldito como una nube podrida de charcos negros, y ya se sabe que no es así como Dios manda que sean las nubes.¿Qué anticristo estúpido y jorobado movía los hilos del destino aquel aciago día?. Desgracia es una palabra banal para describir aquel acontecer. En mi memoria queda una imagen única, desoladora, pero terriblemente nítida. Mi abuela esta tumbada sobre el asfalto, como si durmiera, con los ojos abiertos, del mismito color que el cielo despejado; carece de sentido tomar el sol, además con los ojos abiertos, y me inclino junto a ella para exhortarla a que se incorpore, a que se proteja los ojos, la cabeza, ¡la pamela abuela, la pamela!. El viento arrastra el sombrero que usaba para pasear por la orilla de aquella carretera hasta mis pies. Esta extrañamente hueca. La recojo con mis manitas y la estrecho entre mis brazos. El hombre grande, aquel que siempre huele a hombre grande, me sujeta con cuidado por los hombros, y ensaya a separarme de ella con dulzura, tirando de mis hombros hacia arriba. Y yo me resisto a dejarla ¿es que no ves que mira al cielo sin sus pepinos en los ojos?. Pero comprendo. Se lo que ha pasado. Lo he visto en animales que nunca más caminaron de nuevo. Ella se ha roto para siempre. Se ha ido y mira al cielo pasmada, vacía de sí misma. El hombre me levanta y me sujeta entre sus brazos gigantes de hombre que huele a hombre. Más lejos, un hombre llora sentado en el mojón grande; le oigo gemir. Dice que la ha matado. Que la ha matado. Que él la ha matado. No sabe que a mi también me ha matado. Cree comprender porque llora y se acusa, pero no entiende nada. Yo tampoco. El hombre grande que huele siempre a hombre y que nunca habla ni besa a nadie, que siempre esta solo, me besa en la cara. Y lentamente, como una lluvia insistente que empapa la tierra, me voy calando yo de soledad absoluta. Y mi abuela parece una ternura abandonada. Una flor pálida y yerta.

Cuando ella yo estábamos solos, algunas veces, solía hablarme de la madre que no conocí nunca, la mía. Para mi abuela mi madre fue siempre mi mamá, y nunca se refirió a ella como su hija. La recordaba, sin nostalgia, más nombrándola que remembrándola, a propósito de alguna actividad que compartiéramos: hablaba de ella como si se tratara de alguien que acaba de salir por la puerta. Recuerdo un día que hacíamos juntos mermelada de arándanos; me recordó que lo que más le gustaba a mi madre era recoger los frutos en el bosque para prepararla más tarde. Yo trataba de entusiasmarme buscando aquellos frutos que mi madre también había recolectado antes que yo, intentando poner el mismo afán alegre que ella ponía, pero la verdad es que lo que más me gustaba a mi era la parte de revolver aquella melaza misteriosa y prometedora que llenaba la marmita puesta al fuego. Es verdad que nunca tuve una madre de tocar, como otros niños tenían, pero mi abuela hizo para mí una madre de cuento con la que soñar y la dibujaba siempre con matices que terminaban haciéndola a mis ojos más heroína que madre. Y además siempre parecía que no se había ido del todo porque mi abuela conocía la magia de las palabras bien contadas.

Nadie debiera deducir que mi abuela era blanda o permisiva conmigo y que si la recuerdo con imperecedero amor es porque fue complaciente con mis caprichos o deseos. ¡ Que va!. Ella tenía su carácter y sus convicciones, y su forma de educar a un pilluelo como yo, y del mismo modo que era tolerante con cosas que a otros chicos no les permitían sus padres, era inflexible y severa en cosas que otros muchachos podían hacer libremente con el beneplácito de sus progenitores. Así, jamás me permitió mostrarme burlón, y mucho menos abusón, con los estúpidos o los débiles o los animales porque, decía, tan criaturas de Dios son ellos como tu; y añadía: ¡pequeño mentecato guapísimo!. Siempre debía ser cortés con los ancianos y con los tontos. Y nunca, nunca, nunca, me levanté de mi cama tibia en invierno y fresca en verano, después de las 7 de la mañana. Porque dormir como una marmota es de marmotas y tu no quieres ser una marmota gorda ¿verdad?. Sin embargo si que me permitía hacer novillos si alguna razón poderosa me invitaba a ello, e incluso ella misma me animaba a hacerlo si juzgaba que la ocasión lo propiciaba. Y ¡por bríos! que la vida estaba llena de momentos propicios para hacer cosas importantísimas, netamente superiores a la asistencia a la escuela de Doña Leocadia, a la que Dios tenga en su gloria tras las fiebres tercianas que se la llevaron, como por ejemplo ir a recoger cerezas negras y fordas o elegir la mejores plantas secretas para el dolor de la tripa y remedio de malas digestiones en general, o las setas negras y sabrosas que solo crecen , bajo la nieve, cuando toca.

Les recomiendo que no crean todo lo que oigan sobre la orfandad. No se es huérfano por no tener padres. Se es huérfano cuando no se es amado. Respetado. Comprendido. Educado. Yo solo fui huérfano cuando murió mi abuela. Y así permaneceré hasta que encuentre a la mujer de pelo largo que me prometió.

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